Alcohol y ciudad


"Diagram showing the fine grain of laneways in Melbourne’s downtown area" en Volume #38

Escribo con el fin de agregar nuevos matices a las ideas planteadas por mi colega Valentina Rozas en su columna “Calles sin alcohol: sobre la ley de tolerancia cero” del 12 abril de 2012 (y que sigue siendo relevante ciertamente).
Las ciudades son por naturaleza el lugar donde se condensan las relaciones sociales y se construyen nuevas formas de colectividad. A veces, ciertos aspectos materiales de la ciudad determinan la forma en que se vive en ellas, mientras que otras veces, nuestras costumbres son las que le dan forma. Por lo general, es una relación dialéctica entre estos dos procesos la que construye la evolución de nuestras ciudades.
La ciudad de Melbourne se vio completamente transformada en los años 90 a partir de una modificación legal orientada a facilitar el funcionamiento de un casino (ver conversación entre los arquitectos Craig Allchin y Timothy Moore sobre “Liquor Law Urbanism” en la revista Volume 38). Los distintos bares en su interior no querían funcionar bajo una misma licencia general, ya que si uno tenía un problema, ponía a todos en peligro de cierre. Sin embargo, para tener una licencia individual, cada bar debía servir comida para poder servir alcohol, lo cual aumentaba los costos de instalación y operación de los locales. Para resolver esta situación, se creó un nuevo tipo de licencia para “bares pequeños”, que evitaba la necesidad de servir comida. La consecuencia no esperada de esta nueva licencia fue el florecimiento de múltiples pequeños bares por toda la ciudad (los famosos laneway bars), dinamizando nuevos barrios, y modificando los patrones de asentamiento en torno a una nueva cultura de bares.
En Londres la seguridad que otorga la presencia del “bar de la esquina” en el barrio en que uno vive brinda, a diferencia de lo que se cree, un punto de encuentro para vecinos y familias. El bar es en definitiva una extensión de la vivienda, transformándose en el living común para una comunidad que puede así conocerse, conversar, y cuidarse. Abiertos desde tempranas horas, estos espacios reciben todas las actividades que uno se pueda imaginar: ferias de manualidades, intercambios de ropa, venta de discos, juegos de mesa, clases de baile.
Sí, todo esto en un bar. Sí, con niños presentes. Sí, en la calle también. Porque el problema no es que alguien se tome una cerveza. El problema es cuánta, cómo, y dónde. Y es ahí donde se empieza a manifestar el desigual efecto de la ley en la ciudad. En Chile, el tradicional bar de barrio ya casi no existe, y no se caracteriza por ser un lugar familiar, prohibiendo la presencia de menores de edad, y por consecuencia (y por otros motivos culturales que no discutiré en este momento), desincentivando la presencia de mujeres. Por otro lado, el consumo de alcohol en el espacio público es penado por ley, pero se hace vista gorda cuando se trata de un picnic en un sector de altos ingresos. Y si el living de la casa es lo suficientemente amplio, permite recibir a cincuenta amigos para una fiesta de cumpleaños, pero si no lo es, se debe pagar un arriendo en un lugar que lo permita. La concentración de los establecimientos que venden alcohol en determinadas partes de la ciudad tiene como consecuencia la necesidad de traslado hacia y desde ellas, con sus consecuentes costos y riesgos. Pero además, restringe que las personas que viven en un mismo barrio se diviertan y compartan juntos, creando así comunidades más cohesionadas. Las sedes vecinales a veces cumplen con esta función, a pesar de que frecuentemente son poco flexibles y obedecen a una lógica de administración rígida y obsoleta.
La historia de las culturas y el consumo de alcohol es una que no soy capaz de resumir, pero estoy convencida de que entre la prohibición en Estados Unidos y el vino y los poetas en la Persia antigua hay una civilización de por medio.
No estoy sugiriendo que Chile deba transformarse en un paraíso etílico de la noche a la mañana. Creo sí que deberíamos examinar cómo las normas que rigen el consumo de alcohol pueden ser un aliado en el diseño de mejores barrios y comunidades, y de paso transformar el espacio público mediante la práctica del ocio.

Ver la serie de fotografías "Damos vueltas por las noches" del artista Nicolás Sánchez, donde explora la noche y la última hora de los bares londinenses.

23.11.2016

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